miércoles, 27 de junio de 2012

Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sb 1,13-15; 2,23-24)


13º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
13  Dios no hizo la muerte,
ni se goza con la pérdida de los vivientes.
14  Sino que creó todas las cosas para que existieran:
las criaturas del mundo son saludables,
no hay en ellas veneno mortífero,
ni el mundo del Hades reina sobre la tierra:
15  porque la justicia es inmortal.
2,23   Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad
y lo hizo a imagen de su propia eternidad.
24  Mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo,
y la experimentan los que son de su bando.
La afirmación central es que Dios no es autor de la muerte, sino que la muerte vino como consecuencia del pecado. Desde esta convicción el autor inspirado ve la muerte física como símbolo de la muerte espiritual, la verdadera muerte, que consiste en la separación definitiva de Dios (cfr 3,1-9). Estas palabras se aclaran a la luz de 2,23-24 y desde ellas San Pablo interpreta la muerte como consecuencia del pecado original (cfr Rm 5,12-15). El presente pasaje de Sabiduría permite mirar con optimismo la creación, pues no procede de ella el germen de destrucción, ya que Dios es el autor de la vida y lo que concierne a Dios, la justicia (cfr 1,1-2), no muere.
El error de los impíos es pensar que después de la muerte no hay nada más. Pero este razonamiento va unido a la maldad de sus vidas, al no reconocimiento de los designios divinos y al desprecio de la vida de los justos. Frente a aquéllos, el autor inspirado afirma con fuerza cuál fue el proyecto divino sobre el hombre al crearlo y por qué existe la muerte (vv. 23-24). Pero de nuevo «muerte» tiene aquí, en primer lugar, un sentido abarcante: equivale a la pérdida de la incorruptibilidad que, para el autor del libro, se da más allá de la muerte física. La muerte que entró en el mundo por envidia del diablo, y que experimentan quienes le pertenecen, es quedar reducido a nada; ser sin más «un cadáver deshonroso» (4,19), porque se ha perdido la dimensión incorruptible que viene de Dios. Esta exposición doctrinal supone los relatos del Génesis: el de la creación del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26) y, por tanto, con un principio de inmortalidad; y el relato de la caída original, provocada por el diablo, con la consecuente pérdida de aquella inmortalidad (cfr Gn 3-4). Pero el autor de Sabiduría va más allá: la «inmortalidad» —entendida por él como «incorruptibilidad»— de la persona en su totalidad psico-somática, sólo la pierden quienes obedecen al diablo. A partir de esta interpretación, y a la luz de la Resurrección de Jesucristo, San Pablo enseña que la muerte, tanto física como espiritual, llega a todos los hombres por el pecado de Adán; pero a todos llega también, por Cristo, nuevo Adán, la redención de la muerte.
El diablo, en griego diabolós, significa «acusador, calumniador» y es la traducción ordinaria del hebreo Satán. El re­lato del Génesis no es citado aquí de modo expreso, pero está en el trasfondo ya que ahí se identifica a la serpiente con el enemigo de Dios y del hombre. Los autores del Nuevo Testamento recordarán que el diablo fue homicida desde el principio (cfr Jn 8,44); y el Apocalipsis, al relatar el combate entre ángeles buenos y malos, afirmará: «Fue arrojado aquel gran dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, que seduce a todo el universo» (Ap 12,9).